Bogotá: la iglesia de san francisco, un milagro colonial que desafió al tiempo
Bogotá guarda secretos milenarios, pero pocos brillan con la persistencia de la Iglesia de San Francisco. Más que un templo, es un testimonio vivo de la resistencia, la fe y la adaptación, un faro colonial que ha sobrevivido terremotos, políticos y el implacable paso de los siglos.
Un comienzo humilde a orillas del río vicachá
La historia de este monumento, ubicado estratégicamente en la intersección de la Avenida Jiménez y la Carrera Séptima, se remonta a 1550, cuando los frailes franciscanos, recién llegados, buscaron un refugio. Tras varios traslados, la intervención del arzobispo Fray Juan de los Barrios resultó decisiva. Con su mediación, la Orden obtuvo terrenos aledaños al río Vicachá, permitiendo el inicio de la construcción en 1556, que se prolongaría hasta 1584. Hoy, acceder a este enclave histórico es sencillo, gracias a la red TransMilenio, con acceso justo al costado occidental de la estación Museo del Oro.

Terremotos, virreyes y la huella de petrés
La Iglesia de San Francisco no ha sido ajena a la furia de la naturaleza. El terremoto de 1743 devastó su torre principal, pero la respuesta no tardó en llegar: el virrey José Solís Folch de Cardona, impulsó su reconstrucción, adornándola con un reloj importado de Inglaterra y nuevas campanas. Pero la catástrofe se repitió en 1785, cuando un nuevo sismo prácticamente destruyó la fachada. Entonces, sobrevino la figura del arquitecto valenciano fray Domingo de Petrés, junto al ingeniero napolitano Domingo Esquiaqui. Aunque Petrés era un ferviente defensor del neoclasicismo, ambos lograron fusionar el barroco original con las nuevas tendencias, a excepción de la torre, que adoptó un perfil neoclásico.

De convento a sede gubernamental y de nuevo a la fe
La historia de la Iglesia de San Francisco está llena de giros inesperados. Tras la expulsión de los franciscanos en 1861, el complejo fue expropiado y, temporalmente, albergó a la Gobernación de Cundinamarca. Incluso se consideró su uso como cárcel. El antiguo convento, que en su apogeo ocupaba dos manzanas, fue demolido en el siglo XX tras los daños sufridos por el terremoto de 1917, dando paso a la construcción del Palacio de San Francisco. Pero la iglesia, resiliente, resistió y fue restaurada integralmente entre 1988 y 1990, recuperando su esplendor original.
Un tesoro artístico que trasciende el tiempo
Más allá de su historia turbulenta, la Iglesia de San Francisco alberga un patrimonio artístico invaluable. Su retablo mayor, elaborado en madera dorada y donado en 1633, es una joya de la época colonial, un testimonio del fervor religioso de la época. El techo mudéjar, con sus arcos platerescos, y la Capilla del Camarín de la Virgen Apocalíptica, decorada con espejos y porcelanas, son elementos que cautivan al visitante. Las esculturas del Cristo caído, de Lugo de Albarracín, y del Cristo muerto, de Martínez Montañez, evocan la pasión y el dolor de la fe.
Hoy, la Iglesia de San Francisco sigue siendo la sede de la provincia de la Santa Fe de la Orden de Frailes Menores y un lugar de oración activo. Y, a pesar de los siglos transcurridos, su fachada de piedra, flanqueada por columnas y coronada por un frontón con la imagen de San Francisco, se alza imponente, recordándonos que la fe, como la arquitectura, puede desafiar al tiempo y a la adversidad. La solidez de sus muros es la prueba palpable de que el espíritu colonial de Bogotá permanece vivo, latiendo al ritmo de la historia.