cultura

Kahlo y rivera: ¿un tesoro mexicano en manos españolas?

La comunidad artística mexicana se encuentra en estado de shock. El Gobierno ha autorizado el traslado a España de una colección de arte vital para la identidad nacional, incluyendo obras emblemáticas de Frida Kahlo y Diego Rivera, desatando una ola de críticas y protestas. Lo que parecía un acuerdo cultural, se revela como un posible despojo del patrimonio artístico del país.

La controversia del museo faro santander

El detonante de esta polémica ha sido la declaración del director del Museo Faro Santander, Daniel Vega Pérez de Arlucea, quien anunció que la colección tendría una “presencia permanente” en su centro cultural de Madrid. Una afirmación que choca frontalmente con la calificación de “monumentos artísticos” que el Estado mexicano ha otorgado a parte de estas obras, restringiendo su salida del territorio nacional.

Cerca de 400 profesionales de la Cultura mexicana han firmado una carta abierta exigiendo claridad al Gobierno sobre la duración real de esta cesión, alimentando la creciente preocupación por el futuro de las piezas. El acuerdo, rubricado con el Banco Santander, involucra 160 obras que, hasta 2023, pertenecían al matrimonio Gelman, posteriormente adquiridas por la familia Zambrano y rebautizadas como “colección Gelman Santander”. Entre ellas, destacan obras maestras de Kahlo, Rivera, Rufino Tamayo, José Clemente Orozco, María Izquierdo y David Alfaro Siqueiros, además de una significativa muestra de fotografía mexicana contemporánea.

Un contrato opaco y plazos inciertos

Un contrato opaco y plazos inciertos

La colección, que actualmente se exhibe en México por primera vez en casi veinte años, se trasladará a España en verano, integrándose a la programación del Museo Faro Santander. Pero el texto del contrato, al que ha tenido acceso The Guardian, revela una ambigüedad alarmante. El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (Inbal) ha otorgado a Faro Santander la facultad de gestionar la colección “en cualquier momento” entre junio de 2026 y septiembre de 2030, con la posibilidad de extender este plazo mediante un simple acuerdo entre las partes. Esta falta de precisión ha exacerbado la desconfianza y el temor a que las obras de Kahlo no regresen a México.

Francisco Berzunza, reconocido historiador del arte, ha expresado su inquietud a The Guardian: “Ella es la artista más relevante en la historia de nuestro país y resulta paradójico que su obra se considere más valiosa en el extranjero que en su tierra natal”. El decreto presidencial de 1984, que designó la obra de Kahlo como “monumento artístico”, establece que solo puede abandonar el territorio nacional de forma temporal y bajo la estricta responsabilidad del Inbal, garantizando su repatriación.

¿Una protección vacía?

¿Una protección vacía?

La ministra de Cultura mexicana, Claudia Curiel de Icaza, ha intentado minimizar la controversia, asegurando que “la colección es mexicana; no ha sido vendida, solo se marchará temporalmente”, y que el retorno está previsto para 2028. Sin embargo, la posibilidad de una prórroga hasta 2030 mantiene en vilo a la comunidad artística. Desde Banco Santander, se ha insistido en que el acuerdo “no implica en ningún caso ni la adquisición de la colección ni su salida definitiva de México”, comprometiéndose a su conservación y difusión.

Pero lo que los datos no explican es que el Inbal solo es propietario de cuatro de las aproximadamente 150 obras de Kahlo. La colección Gelman Santander, en manos privadas, se ha convertido en un símbolo de la vulnerabilidad del patrimonio artístico mexicano ante intereses económicos. Mientras que Gabriela Mosqueda, comisaria y firmante de la carta abierta, subraya que “la legislación en vigor otorga una gran protección a estas obras, especialmente a las que tienen la designación de monumento artístico nacional”. La pregunta que se cierne sobre este acuerdo es si esos mecanismos de protección son suficientes para evitar la dispersión del legado artístico mexicano.

El debate, lejos de amainar, augura un nuevo capítulo en la lucha por la defensa del patrimonio cultural de México, donde la obra de Frida Kahlo, ícono universal, se alza como un símbolo de la identidad nacional en riesgo.