La palabra como arma: una escritora desentierra memorias y denuncia el robo de la belleza
Carmen Figuerenza Madrid, una de las voces más inquietantes de la literatura contemporánea, desvela en su nueva novela ‘Pueblo blanco azul’ un ritual de recuperación ante la pérdida y la deshumanización del lenguaje. Un trabajo meticuloso que la sitúa en la primera línea de una generación que se resiste al vacío.

Despertando del letargo: un proyecto político y estético que abraza la palabra
La obra, editada por Cabaret Voltaire, ha generado un revuelo en el sector, adelantando ya su segunda edición, según revela la propia autora. Palomeque se define como la creadora de un “proyecto polémico y estético que tiene a la palabra como placer y gozo”, una afirmación que resalta la importancia que le otorga a la escritura como herramienta de transformación.
En ella, la protagonista, Elaia, regresa a su pueblo natal, Villasueño de las Flores Secas – un nombre ficticio que evoca la árida realidad andaluza – tras años en Estados Unidos. Su misión: escribir una novela que narre la historia de su familia, marcada por la guerra, la dictadura y la devastadora falta de agua. Palomeque, que se inspiró en ‘Pedro Páramo’ de Rulfo, evoca la misma atmósfera melancólica y cargada de simbolismo.
Pero la novela es mucho más que una historia familiar. Es una denuncia del olvido, de la pérdida de las palabras como refugio y sustento. La autora argumenta que la era digital, con sus pantallas y su voraz consumismo de información, nos está robando la capacidad de experimentar la belleza que antaño era más accesible, relegándola a una élite literaria, principalmente latinoamericana. ‘Es un libro que nace de la necesidad de ritualizar la pérdida a través del poder sanador de las palabras,’ explica Palomeque. “Hay una creencia en que las palabras y la literatura pueden ayudarnos a curar heridas y construirnos como personas.”
La autora no duda en evocar la sombra de sus abuelos, a quienes no pudo despedirse, y cómo esa ausencia se materializó en una “losa” que pesaba sobre su vida. El libro, por tanto, se convierte en un intento de exorcizar ese dolor, de reconstruir el pasado y, en última instancia, de encontrar un sentido a la existencia. ‘No poder ir a sus entierros me pesó como una losa, porque al no haber ritualizado la pèrida era como si siguieran vivos’.
Palomeque, que ya es conocida por ensayos como ‘Vivir peor que nuestros padres’, profundiza en otros temas relevantes: las fosas como memoria oculta de la infamia, la nostalgia restauradora, las mujeres víctimas del franquismo y la locura, entendida como marginación y discriminación. ‘Aquí te das cuenta –dice-, no solo de la pérdida de derechos que tenían, sino de cómo era su cotidianidad, siempre a la defensiva por las masculinidades que tenían su alrededor, el marido, el hermano o el padre autoritario que se creía el caudillo de su casa’.
La autora, que hace referencia a su bisabuela, Rosario, y a la importancia de las coplas como expresión de la cultura popular, concluye: “Para mí las coplas fueron nanas cantadas por mi madre”. El libro se presenta como un legado sonoro, un tesoro de voces y memorias que se resisten a ser silenciadas. Un trabajo que, a juicio de Palomeque, “es un proyecto polémico y estético que tiene a la palabra como placer y gozo”.
